22 de marzo de 2013

Fútbol y emociones en Lisboa (Parte Primera)

Con sus calles que serpentean, con el encanto único que aporta la presencia del cada vez más extinto tranvía, con sus innumerables vistas panorámicas repartidas por las diferentes colinas que vigilan la ciudad, Lisboa conquista. Su orografía es un castigo para el visitante, para qué negarlo, pero una vez que se llega a lo alto de una de sus innumerables cuestas se mezclan el impacto visual de lo que se extiende a los pies y en el horizonte, junto a la satisfacción de saber que el esfuerzo físico ha merecido la pena.

El ocaso es más hermoso cuando se ve desde el "Largo de las Portas do Sol" o desde el "Mirador de Graça". También las formas caprichosas que dibujan los tentáculos del astro rey cuando se cuelan entre las laberínticas y estrechas calles de Alfama. Las céntricas plazas están siempre llenas de gente que se echa a las calles siguiendo el estilo de vida mediterráneo.

También hay, cómo no, innumerables tiendas de recuerdos. Comercios donde se mezclan las botellas de agua y la cerámica con las bufandas y las camisetas de fútbol. Reinan, por supuesto, las del Benfica y el Sporting, los dos poderosos de la capital. Uno se ha convertido en excelente vendedor. El otro se mueve por el abismo en la que es una de las peores temporadas de su historia. Entre los dos se reparten el aliento mayoritario de los lisboetas.

Sin embargo y a pesar de su grandeza y sus títulos y del prestigio que les acompaña, hay algo que los dos conjuntos siempre envidiarán del hermano pobre. A escasa media hora en un tranvía con las dimensiones de una caja de zapatos que viaja abarrotado con destino a Algés, el 15 concretamente, se encuentra el barrio de Belém, epicentro de emigración turística gracias a sus cuatro joyas: la imponente torre, la escultura coral de figuras hercúleas dedicada a los descubrimientos, el Monasterio de los Jerónimos y la cafetería que sirve desde 1837 esos clásicos pasteles que por sí mismo merecen una visita, bocados divinos compuestos por una masa de crujiente hojaldre y una crema de textura y sabor celestial.



A escasos cuatrocientos metros de ese marco incomparable, en lo alto de una colina, se encuentra el "Estádio do Restelo", la modesta estructura que acoge los encuentros del denostado, ninguneado y olvidado Os Belenenses. Aquella entidad que con el olor a pólvora de la Segunda Guerra Mundial aún reciente se convirtió en la única por entonces que conquistaba una Liga al margen del trébol, que fue la primera que se enfrentó al Real Madrid en el Santiago Bernabéu; lidera hoy la tabla de segunda división contagiada por la herrumbre que hoy castiga al graderío.



Desde las localidades de fondo se pueden ver recortadas en el horizonte las sombras de la historia. En primer plano un edificio, el monasterio, cuya construcción abarcó todo el siglo XIV. En la lejanía, el puente que cruza el Tajo buscando con sus extensos brazos hermanarse en el infinito con su mellizo de San Francisco. Las vistas son impagables, un privilegio del que quizás ningún otro club pueda disfrutar en el mundo.

En todo ello hay algo de orgullo, de una identidad propia que no rehúyen. Son los raros, los marginados, los incomprendidos. Y lo saben. Para atestiguarlo una valla publicitaria que intenta atraer adeptos para la causa con el mensaje: "Si queres ser diferente, faz-te... Socio do Belenenses". Los resultados deportivos espantan a los osados pero a cambio allí se ofrece un aroma casero virgen aún de los vicios del fútbol moderno. Las puertas están abiertas de par en par para el aficionado que va todos los domingos, para el jardinero del campo, para el curioso visitante extranjero...

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