5 de mayo de 2014

Dos billetes de ida y nada en la maleta (Parte 2)

Dos billetes de ida y nada en la maleta. Sólo sentimientos.
Diez de la mañana. Aeropuerto de Barajas. Nada en la maleta y dos billetes de ida. Puerta 4 de la moderna Terminal 4. Dos maletas de mano. Preparados para una nueva vida.

Doce y treinta minutos de la mañana. Aeropuerto de Heathrow. Al llegar tanto Fabián como Diana tenían un destino: una nueva vida al este de Gran Bretaña. Necesitaban coger un tren que les llevara a este dispar destino. Debían llegar a la conocida estación de Kings Cross, en el centro de la capital británica, la ciudad del bullicio y el dinero, algo que en principio no buscaba ninguno de los dos jóvenes. Querían un futuro tranquilo cuanto más. En la capital inglesa decidirían su destino final.

Nada más pisar Londres, a Diana le vino a la cabeza su sueño, el cual estaba a unos cientos de kilómetros de hacerse realidad. Fabián estaba asustado: decir que nunca había salido de España y, al igual que Diana, no sabía qué le iba a esperar esta travesía por tierras británicas.

Cogieron dos billetes sencillos de metro para la línea azul oscuro y pusieron rumbo a la estación de Kings Cross St. Pancras. Tardaron en llegar, el viaje en metro duraba aproximadamente una hora desde el aeropuerto hasta su primer destino.



Llegó el momento. Al llegar, tras un laberinto de túneles y escaleras mecánicas, llegaron al vestíbulo de la estación. Tras esperar una cola de algo más de 15 minutos, tocó coger los billetes, fue sencillo: dos billetes de ida. Ninguno de los dos tenía aún un buen nivel de la lengua de Shakespeare, así que pedir los billetes les llevó una larga explicación con la taquillera. Ni ella entendía los gestos que la pareja hacía ni ellos entendían a la empleada. Tras un rato y 35 libras gastadas, lo lograron. Tenían el pasaporte a su destino.



Eran las dos y media de la tarde. El tren hacia el deseado destino salía a las 4. ¿Qué hacer en ese largo periodo de tiempo? La respuesta les llegó a la vez a sus mentes: dar un paseo por la estación. Ninguno de los dos había bebido nada desde que habían embarcado en Madrid. En un quiosco de prensa compraron dos Lucozade. Tras unos minutos, el estómago les rugía y decidieron sentarse en una cafetería. Tomaron dos cafés y dos croissants. Se aproximaba la hora de salida del tren. Eran las cuatro menos cuarto de la tarde. Con tranquilidad acabaron sus frappés y los bollos y se dirigieron con avidez al andén 4, en el cual un tren azul, naranja, rojo y amarillo esperaba.


En la cabecera del tren vieron un cartel negro con letras verdes, un cartel con el nombre de una ciudad que marcaría toda su historia en tierras inglesas: Nottingham.