24 de junio de 2014

Dos billetes de ida y nada en la maleta (Parte 4)

El paseo hasta el supermercado duró poco, ya que fueron en la furgoneta. Ya era algo tarde y el sol estaba cerca de esconderse. La tienda estaba a punto de cerrar. Comenzaba el turno de Daniel, que, tras recoger de la estación a Fabián y Diana había perdido algunas horas de trabajo de ese día, lo que no le había importado en absoluto. Le tocaba repartir los pedidos a viviendas de esa misma zona en la furgoneta. Fabián se ofreció a cargar algunas cajas en la furgoneta y a acompañar a Daniel, a lo que su compañero accedió. Guardados todos los pedidos, marcharon con avidez, el reparto no duraría mucho tiempo.


Tras verlos marchar, Diana aprovechó para llenar un carro con comida y bebida, ya que no había nada en la casa. La joven, al terminar, cargada de bolsas, marchó rápida hacia la vivienda. Ya estaba muy cansada, había sido un día duro.

Pasó un rato hasta que Fabián y Daniel acabaran de repartir los pedidos del supermercado. Al volver al negocio, se encontraron con el señor Gillingham, el dueño del local y jefe de Daniel. Le informó que, por las horas extras de reparto y limpieza del local en toda la semana se merecía una compensación: 150 libras extra a su sueldo. El joven presentó a Fabián a su jefe. Sabiendo Daniel que su compañero buscaba un trabajo para ganar dinero y subsistir en la ciudad para intentar empezar una nueva vida, decidió recomendar a Fabián al señor Gillingham. El dueño del negocio accedió a permitir a Fabián pasar un periodo de prueba en el supermercado: si superaba aceptablemente 2 días de empleo, sería contratado como reponedor con un sueldo algo bajo, pero con el que podían subsistir tanto Diana como él: 950 libras. Sería duro, pero Fabián había pasado por peores obstáculos y siempre lo había logrado. Todo. Siempre.


Tras esta gran noticia, regresaron a la casa, donde esperaba Diana. La joven sorprendió a los dos amigos con unos filetes de ternera recién hechos, un gran plato de patatas fritas y un poco de fruta, todo recién comprado. Tanto Fabián como Diana debían recuperar fuerzas, habían pasado un duro día tras un largo y pesaroso viaje desde España. Al acabar de comer, Daniel y Fabián agradecieron a Diana esa maravillosa cena. Tras recoger los platos y limpiarlos, Diana comenzó a meter su ropa en el armario de la habitación con la ayuda de Daniel, al igual que con Fabián algo más tarde.
Tras esto, Diana, muy cansada, decidió bajar a la planta baja a ver un rato la televisión. Había una interesante película de James Bond. Mientras, Daniel y Fabián se quedaron arriba mirando los discos que había junto al tocadiscos: The Who, Rolling Stones, The Clash, Queen, The Cure. Todos eran discos maravillosos de grupos míticos. Daniel dijo a Fabián que los discos no eran suyos, que cuando llegó a la casa ya estaban allí, al igual que el tocadiscos. Cogieron uno de los Rolling Stones, lo pusieron sobre el plato giratorio y empezó a sonar “Brown Sugar”. Nada mejor que unos buenos rasgueos de guitarra para acabar el día.

Tras un rato arriba con su compañero, Daniel, todavía con el uniforme negro del supermercado puesto, bajó a su alcoba, ya que estaba rendido después de un duro día de trabajo. Cuando bajaba las escaleras, vio a Diana dormida, por lo que avisó a su compañero. Fabián, en silencio, despertó levemente a Diana, la besó en la boca y la acompañó a la planta de arriba. Era hora de dormir. Había sido, sin duda, un día muy duro. La vida empezaba a cambiar para la joven pareja, de una forma que no esperaban.

Dos billetes de ida y nada en la maleta (Parte 3)

Nottingham.

¿Porqué Nottingham?, dijo Diana. Para Fabián era algo sencillo. Diana aún lo desconocía. En la ciudad de Robin Hood vivía un antiguo compañero de instituto de Fabián. Se llamaba Daniel, y trabajaba en un supermercado, trabajo que éste aborrecía.



El viaje fue largo, aproximadamente de unas tres horas. Diana aprovechó ese tiempo para dormir, ya que el vuelo le había dejado muy cansada. Fabián aprovechó para ir a por algo de comer al vagón restaurante. Al salir del compartimento, se cruzó con alguien: una joven, pocos años mayor que él. Piel clara, pelo oscuro y ojos verdes azulados. Fabián se la quedó mirando fijamente. Después de cruzar un par de miradas, cada uno se fueron a un lado del estrecho pasillo del vagón. ¿Quién era esa mujer?


Al llegar Fabián de comprar algo de comer encontró a Diana ya despierta, le había desvelado el traqueteo del tren. La muchacha miraba fijamente la ventana. Fabián observó que había mucha niebla afuera, lo que había sorprendido en primer momento a la joven, ya que no creía que haría tanto frío en esa época del año. Giró su cabeza y movió su larga melena morena. Fabián la sonrió al ver brillar por la tenue luz de la bombilla del compartimento del tren los ojos azules de Diana.


Se anunció por la megafonía que la siguiente estación era la de Nottingham. Prepararon sus maletas, se colgaron las mochilas y sacaron su documentación para bajar del tren. Al descender del convoy, mostraron sus carnets de identidad y sus billetes al revisor y cruzaron los tornos de salida. Habían llegado a su destino.



En la entrada del edificio de la estación esperaba Daniel, un joven alto y rubio, al lado de una destartalada furgoneta de una conocida marca de supermercados británica. Se saludó amistosamente con Fabián, chocando las palmas de las manos, besó en la mejilla a Diana y se montaron en el vehículo tras dejar las maletas en la parte trasera. Se dirigían a casa de Daniel, donde viviría la pareja junto al muchacho hasta que encontraran otra vivienda en la ciudad.


Tras un corto viaje, llegaron a una callecilla sin salida, en la cual, adornado con flores, se veía un edificio de ladrillo rojizo de dos plantas, el cual formaba cinco casas adosadas. Estaban numeradas del uno al cinco. Se dirigieron a la puerta con el número tres.

Al acceder a la casa, lo primero que vieron fue un espejo alto muy antiguo, una ventana abierta de par en par, un televisor de tubo, una bandera británica y un sofá cama en una sala grande. Daniel, tras ver en la cara de Diana la sensación de frío, cerró la ventana y puso la calefacción. La pareja enseguida adivinó que no dormirían ahí. En la planta baja era donde Daniel hacía su vida. La habitación de la pareja estaba en la planta de arriba, después de subir unas escaleras muy pinas.

Daniel les mostró la zona de la casa en la que vivirían. Una sala totalmente diáfana del mismo tamaño que toda la planta baja. Tenía una cama de matrimonio, un baño (el único en toda la casa), una pequeña cocina de gas con agua corriente dentro de un cuartito, un frigorífico, una mesa, un desvencijado armario color caoba con cajones, un viejo tocadiscos y algunos discos de grupos ingleses de rock muy famosos. Según Daniel, el tocadiscos aún funcionaba muy bien, a pesar de los años que ya tenía.



Eran las 7 de la tarde cuando bajaron de nuevo a la planta baja. Daniel comenzaba su turno como repartidor en un supermercado Tesco muy cercano pasada media hora. En el mismo momento de decirles esto, también comunicó a la pareja que no había nada de cenar. Mejor dicho, no había nada de comida en toda la casa. Así que marcharon los tres. Antes de partir, en el recibidor, Daniel le dejó un juego de llaves a Diana y otro a Fabián. El de Diana tenía un llavero metálico con el escudo de la ciudad en un lado y una bandera británica en el otro. El de Fabián estaba coloreado de color rojo sangre y llevaba el escudo del equipo de futbol más importante de la ciudad: el Nottingham Forest. El joven, que era muy fan del fútbol inglés, miró el escudo y tras unos segundos no dijo nada. Después salieron de la casa y se dirigieron al supermercado.