25 de noviembre de 2014

Dos billetes de ida y nada en la maleta (Parte 6)

Para empezar bien una nueva vida hay que saber actuar y ganar dinero demostrándolo. Eso pensó Diana al levantarse. Eran las 7. Sentía que los primeros rayos del sol le darían energía para conseguir un empleo.



Era martes, un frío martes. Como los anteriores días, el cielo amenazaba tormenta, aunque el sol se asomaba por algunos agujeros azules en el cielo. Procurando no hacer ruido, Diana tomó un té negro con leche en el jardín interior de la casa, admirando el pequeño huerto que Daniel tenía. Sin darse cuenta, despertó con el ruido de la puerta del jardín al joven, el cual refunfuñó y giró la cabeza para seguir durmiendo como lo hacía antes.

Tras acabar el té, subió a la primera planta, se vistió, besó a Fabián en la mejilla, cogió las llaves, se puso una chaqueta y marchó en busca de un futuro en Nottingham.

Como sintiera Fabián al llegar a Londres, Diana estaba asustada cuando pisó las húmedas calles de Nottingham. Aparte, el frío hacía pensar a la joven el volver a la casa, pero tenía una misión, y lo iba a lograr, no se iba a dar por vencida de esa manera.

Tras un paseo por el centro, llegó a una zona junto al río Trent, de casas rojas de tejados blancos. La joven entró en una cafetería y pidió otro té con leche para llevar. Tenía mucho frío. Mientras estaba sentada en un banco tomando el té e intentando calentarse, observó a unos jóvenes portando una canoa. Dichos jóvenes eran regatistas, del Britannia Rowing Club. Se dirigían al río, para el entrenamiento diario. Tras tomar el té, Diana se puso de nuevo en marcha. Decidió tomar el camino paralelo al río.



Tras un rato caminando, la joven descubrió una edificación majestuosa, muy alta, pintada de blanco, que le impresionó nada más verla. Resaltando sobre ese blanco del edificio vislumbró un escudo en forma de árbol, el cual estaba también representado en el llavero que Daniel le dio con las llaves de la casa a su novio Fabián. Se trataba del templo del fútbol en Nottingham, se trataba del City Ground, el feudo del Nottingham Forest, el principal equipo de la ciudad por delante del otro equipo, el Notts County.



A Diana, como buena amante del deporte rey, le apasionaba el fútbol inglés, al igual que a su novio. Tras dar un rodeo alrededor del estadio, se decidió a entrar en las oficinas, buscando una oportunidad de empleo allí.



Al entrar, vio al fondo un mostrador, el cual parecía ser la secretaría de las oficinas del estadio. Detrás de ese mostrador, una joven de pelo castaño y ojos verdes, que le preguntó que quería, en perfecto inglés. Diana preguntó por alguna plaza vacante en el club, fuera el puesto que fuera. De repente, observó un cartel rojo con letras blancas de fondo, el cual rezaba que el club buscaba una utillera para el equipo de “Ladies”, el conjunto femenino del Nottingham Forest.

La secretaria, al oír el acento al hablar inglés de Diana, le preguntó si era española. Diana asintió. La secretaria también lo era, se llamaba Lara.

Lara, tras esto, empezó a tratar con Diana de forma más amistosa. Diana, tras contarle la historia de su llegada a Nottingham con su novio, le dijo que buscaba un trabajo, y que habían llegado allí en busca de un sueño.
Tras hablar un rato, Lara cogió el teléfono y habló con alguien en inglés. Al rato apareció por un largo pasillo una mujer muy alta. Se presentó: era la señora Lansbury, la encargada del staff del equipo femenino del Forest. Tras darle la mano a Diana, empezó a hablar de nuevo con Lara. Le contó que estaba buscando un empleo, y que en España era jugadora de fútbol sala en un reputado equipo, el cual tuvo que dejar debido a una lesión. Tras mirar un momento a ninguna parte, la señora Lansbury habló de nuevo con Lara. Entonces, la joven secretaria comunicó que había un puesto vacante en la oficina de las categorías inferiores del club. Tras explicarle Lara a Diana el plan de empleo, finalmente le dijo que debía seleccionar a las jugadoras y jugadores que querían entrar en los equipos de las categorías inferiores del club. El anterior responsable había encontrado empleo en otro país y el puesto estaba vacante hasta ese momento. La señora Lansbury creyó suficiente la experiencia de Diana en el fútbol por lo que Lara le había contado y la veía capaz de desempeñar sin problemas el cargo. La joven, tras pensarlo ni una décima de segundo, aceptó. Tendría un sueldo de 1600 libras al mes. Empezaría en el puesto el jueves de esa misma semana, es decir, dentro de dos días.

Tras dar las gracias a la señora Lansbury, ésta le dio el uniforme: un polo rojo, blanco y negro, unos pantalones de deporte de color negro y una chaqueta de deporte roja. Era el uniforme del equipo, el uniforme de un sueño, el uniforme que el destino le había dado.

Después de guardarlo en una bolsa de la tienda del club, Lara dijo a Diana que no sería mala idea enseñarle su lugar de trabajo. Le mostró su despacho, un cuarto pequeño con una mesa grande, una silla para Diana y otras dos enfrente y un ordenador, así como también una ventana con vistas al río Trent, el cual pasaba anexo al estadio. Le presentó a sus compañeros, Billy y Danny, los cuales estaban en el mismo puesto que Diana. También saltaron al césped del City Ground. Nada más alzar la vista al frente, Diana quedó sorprendida con la imagen que había visto en fotos repetidas veces en España: observó con una sonrisa y mordiéndose el labio inferior la “Brian Clough Stand”, la grada dedicada al entrenador que llevó al equipo masculino a tocar el cielo en los años 80. Diana respiró fuerte, se sentía como en casa. En ese momento recordó que uno de los sueños inclumplidos de Fabián era estar donde ella estaba en ese momento, es decir, pisando el verde del estadio.

Tras la visita, marchó a casa junto a Lara, la jornada había acabado. Pararon en la misma cafetería en la cual Diana había estado esa misma mañana y tomaron un café. Aún era pronto para marchar a casa. Se dieron los teléfonos y como buena compañera, Lara le deseó mucha suerte a Diana en su nuevo trabajo.


Diana continuó hablando a Lara de su aún corta vida en la ciudad. Le habló de Fabián, de Daniel y de qué les había llevado a Inglaterra.


Lara, al contarle Diana que su novio trabajaba en un supermercado, recordó la imagen del anterior día, cuando dos jóvenes subieron a su casa a dejarle el pedido. Uno de ellos resultaba ser Fabián. Sorprendiéndose, Lara había conocido a la pareja, de una forma distinta a cada uno.

Tras tomar el café, Lara se despidió hasta el día siguiente de Diana y cogió el autobús hacia su casa, la cual estaba al otro lado del río. Diana marchó andando, ya que la vivienda estaba cerca de allí.
Al llegar, allí esperaban Daniel y Fabián. El segundo, tras ver entrar a Diana y enterarse de la noticia, la felicitó y le deseó mucha suerte, aunque no le hiciera falta. Diana le habló de Lara, a lo que tanto Fabián como Daniel sorprendió. Los dos recordaban a la joven española que vivía en el cuarto piso al que fueron a dejar el pedido del supermercado el día anterior. Fue premonitorio, según Fabián. Cenaron, recogieron la mesa y se sentaron en el sofá hasta que se fueron a las habitaciones, ya era muy tarde.

Antes de cerrar los ojos, Diana preguntó a Fabián por su segundo día en el supermercado. Todo había ido de maravilla. A Fabián sólo le restaba un día de prueba, a partir del jueves empezaría a trabajar como empleado fijo. Casualmente los dos empezarían en sus nuevos empleos el mismo día, parece que el destino lo quiso, el mismo que les mandó a Inglaterra a buscarse la vida, a actuar y ganar dinero, lo mismo que pensó Diana al levantarse ese día. Su sueño empezaba a cumplirse.


Continúa aquí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario