Aquel 15 de agosto de 2019 aterrizamos en Estocolmo con la actitud de quien va a conquistar el norte, aunque en realidad solo éramos tres amigos tratando de que la corona sueca no nos desplumara antes del tercer día. Recuerdo que llegamos un jueves a la hora después de comer (aunque nosotros aún no lo habíamos hecho) y el primer guantazo de realidad fue ese orden casi clínico del aeropuerto de Arlanda; todo era tan perfecto, tan limpio y tan silencioso que daba hasta un poco de miedo romper el ambiente con nuestras mochilas y maletas a cuestas. En el bus hacia la estación central, nos quedamos pegados al cristal viendo desfilar bosques infinitos y esas casas de madera pintadas de rojo de Falun que parecen sacadas de un catálogo de Ikea, pero en versión premium. Sabíamos que estábamos en una de las ciudades más caras del continente y, aunque no íbamos de listos, nuestra pericia financiera iba a pasar por un examen de selectividad nivel experto desde el minuto uno que pisamos el asfalto sueco.
La bofetada definitiva llegó al ver nuestro "hotel" justo después de bajarnos del bus. Resulta que, en el país del diseño y la luz, nos habían encasquetado en un sótano infecto que parecía el escondite de una peli de espías de serie B. El sitio estaba en una plaza un poco a trasmano, con un parque en el centro que no era más que un cráter de tierra y vallas porque estaban de obras, dándole a todo un aire de zona de guerra en mitad de la civilización. Nuestra habitación era un búnker "made in Sweden" en toda regla: un agujero diminuto, sin rastro de tele y con dos literas donde si uno estornudaba, el otro se caía de la cama. Eso sí, los suecos serán raros, pero son limpios: el baño, que estaba fuera y era compartido, era lo único espacioso de aquel "zulo-hotel". Era una ironía constante que tuviéramos que salir de nuestro cuarto para no sentirnos claustrofóbicos en un baño que, básicamente, era lo más parecido a un salón que tuvimos en toda nuestra estancia sueca.
La logística de la primera parte del viaje era un auténtico deporte de riesgo. Nos pasamos media estancia buscando casas de cambio como si fueran tesoros ocultos, comparando el cambio de moneda para que los bancos no nos robaran más de lo estrictamente necesario. Cuando el cielo se ponía tonto y soltaba esa lluvia fina que te cala hasta el alma, nuestro cuartel general eran los 7-Eleven. Allí, el olor a café barato y los bollos de canela se convirtieron en nuestra droga de supervivencia. Lo que sí que era de otro planeta era la puntualidad de los autobuses: una precisión casi ofensiva que hacía que, si el bus decía que pasaba a las 10:14, a las 10:13 y 59 segundos ya tuvieras la puerta delante de las narices. Era una coreografía perfecta que nos hacía sentirnos como piezas de un reloj suizo, aunque nosotros fuéramos las piezas que chirriaban un poco.
Nos pateamos todo, desde el Palacio Real, el ayuntamiento, pasando por Gamla Stan y acabando en el puerto, viendo esos edificios que parecen flotar sobre el agua con una elegancia que nosotros no teníamos ni de lejos. También pasamos por el parque Skansen, donde descubrimos la Suecia más auténtica. Pero la verdadera odisea era el tema de la comida. Nos convertimos en buitres de locales baratos, comiendo bien pero sin gastar mucho. Además, en otros lugares rastreábamos estanterías en busca de chollos con una dignidad cuestionable, pero con el estómago agradecido. Aun así, tuvimos momentos de gloria, como aquel restaurante de ramen cerca de la T-Centralen donde, por un precio que no nos obligaba a vender un riñón, nos metimos un bol humeante que nos devolvió la vida después de horas de caminar bajo ese cielo gris que tiene Estocolmo cuando se pone caprichoso.





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