2 de abril de 2026

Coronas, kebabs y un búnker en Estocolmo

Aquel 15 de agosto de 2019 aterrizamos en Estocolmo con la actitud de quien va a conquistar el norte, aunque en realidad solo éramos tres amigos tratando de que la corona sueca no nos desplumara antes del tercer día. Recuerdo que llegamos un jueves a la hora después de comer (aunque nosotros aún no lo habíamos hecho) y el primer guantazo de realidad fue ese orden casi clínico del aeropuerto de Arlanda; todo era tan perfecto, tan limpio y tan silencioso que daba hasta un poco de miedo romper el ambiente con nuestras mochilas y maletas a cuestas. En el bus hacia la estación central, nos quedamos pegados al cristal viendo desfilar bosques infinitos y esas casas de madera pintadas de rojo de Falun que parecen sacadas de un catálogo de Ikea, pero en versión premium. Sabíamos que estábamos en una de las ciudades más caras del continente y, aunque no íbamos de listos, nuestra pericia financiera iba a pasar por un examen de selectividad nivel experto desde el minuto uno que pisamos el asfalto sueco.

La bofetada definitiva llegó al ver nuestro "hotel" justo después de bajarnos del bus. Resulta que, en el país del diseño y la luz, nos habían encasquetado en un sótano infecto que parecía el escondite de una peli de espías de serie B. El sitio estaba en una plaza un poco a trasmano, con un parque en el centro que no era más que un cráter de tierra y vallas porque estaban de obras, dándole a todo un aire de zona de guerra en mitad de la civilización. Nuestra habitación era un búnker "made in Sweden" en toda regla: un agujero diminuto, sin rastro de tele y con dos literas donde si uno estornudaba, el otro se caía de la cama. Eso sí, los suecos serán raros, pero son limpios: el baño, que estaba fuera y era compartido, era lo único espacioso de aquel "zulo-hotel". Era una ironía constante que tuviéramos que salir de nuestro cuarto para no sentirnos claustrofóbicos en un baño que, básicamente, era lo más parecido a un salón que tuvimos en toda nuestra estancia sueca.


Esa primera noche, tras tirar las maletas en el búnker, salimos con el hambre de un vikingo pero el presupuesto de un becario. Terminamos en un local paquistaní de la zona, metiéndonos entre pecho y espalda un kebab que nos supo a gloria bendita mientras asumíamos que la "alta cocina nórdica" solo la veríamos en fotos de Instagram y, de muy lejos, en las cartas de los restaurantes de Östermalm. Nuestros paseos por el centro eran un espectáculo; nos movíamos entre el caos del tráfico que se amontona pegado al agua del mar, esquivando coches y barcos que parecen pelearse por el mismo hueco, hasta que cruzamos un puente elevado y caótico que nos llevó a la parte alta. Allí, haciendo un esfuerzo que casi nos deja temblando la cuenta corriente, nos rendimos a las famosas albóndigas suecas. Fue el único momento del viaje en el que nos sentimos algo más que unos intrusos en tierra vikinga, disfrutando de ese puré de patata y la mermelada de arándanos como si fuera nuestro último banquete.

La logística de la primera parte del viaje era un auténtico deporte de riesgo. Nos pasamos media estancia buscando casas de cambio como si fueran tesoros ocultos, comparando el cambio de moneda para que los bancos no nos robaran más de lo estrictamente necesario. Cuando el cielo se ponía tonto y soltaba esa lluvia fina que te cala hasta el alma, nuestro cuartel general eran los 7-Eleven. Allí, el olor a café barato y los bollos de canela se convirtieron en nuestra droga de supervivencia. Lo que sí que era de otro planeta era la puntualidad de los autobuses: una precisión casi ofensiva que hacía que, si el bus decía que pasaba a las 10:14, a las 10:13 y 59 segundos ya tuvieras la puerta delante de las narices. Era una coreografía perfecta que nos hacía sentirnos como piezas de un reloj suizo, aunque nosotros fuéramos las piezas que chirriaban un poco.

Nos pateamos todo, desde el Palacio Real, el ayuntamiento, pasando por Gamla Stan y acabando en el puerto, viendo esos edificios que parecen flotar sobre el agua con una elegancia que nosotros no teníamos ni de lejos. También pasamos por el parque Skansen, donde descubrimos la Suecia más auténtica. Pero la verdadera odisea era el tema de la comida. Nos convertimos en buitres de locales baratos, comiendo bien pero sin gastar mucho. Además, en otros lugares rastreábamos estanterías en busca de chollos con una dignidad cuestionable, pero con el estómago agradecido. Aun así, tuvimos momentos de gloria, como aquel restaurante de ramen cerca de la T-Centralen donde, por un precio que no nos obligaba a vender un riñón, nos metimos un bol humeante que nos devolvió la vida después de horas de caminar bajo ese cielo gris que tiene Estocolmo cuando se pone caprichoso.


El cierre del viaje fue una lección magistral de picaresca y reciclaje extremo. Recuerdo con una risa nerviosa cómo íbamos cargando con cada lata y botella de cristal que pillábamos por ahí, solo para meterlas en las máquinas de depósito y recuperar esas cochinas coronas que nos faltaban. Era un espectáculo vernos allí, rascando el fondo del sistema de reciclaje sueco para sacar el dinero suficiente para desayunar de una manera decente antes de coger el bus de vuelta al aeropuerto. Antes de salir pitando hacia la puerta de embarque para pillar el vuelo a Praga, hicimos una última incursión en las tiendas para saquear los dulces y los chocolates Daim, además de esas tres botellas de agua por cien coronas que pagamos como si fueran champán francés, aunque para ellos fuese una verdadera oferta. De todos modos nos guardamos algunas coronas para cambiar en la capital checa. Nos fuimos de Estocolmo con los pies destrozados y las carteras pidiendo clemencia, pero con la medalla de haber sobrevivido a la capital más cara del norte a base de ingenio, risas y bastante morro.

Esta historia fue ideada en Estocolmo y esbozada en un vuelo desde la capital sueca a Praga el 18 de agosto de 2019. Con esas notas fue escrita por primera vez en marzo de 2026, rememorando así todo lo que nos aconteció.

24 de octubre de 2025

La colina de Letná

Eran las cuatro de la tarde de un jueves de agosto que amaneció algo lluvioso, aunque el cielo se serenó al caer la tarde. Tras una visita guiada por Praga y consciente de que mis últimas horas en la capital checa se deslizaban sin prisa, decidí rendir un pequeño homenaje a mis dos pasiones: los viajes y el fútbol. Quise buscar un estadio, uno de los tres que comparten la ciudad, y la casualidad quiso que el más cercano a mi apartamento, en la avenida Revoluční, fuese el del Sparta.

Conocía poco el barrio. Después de comer con mis dos amigos y dejar en casa la mochila y las últimas compras, bajé hacia el margen del Moldava por la calle Petrská. Torcí por Šan­kova y terminé en Holbova, donde un pequeño parque me regaló una vista inesperada: el río brillaba, pesado y tranquilo, como si guardara en su corriente el secreto de la ciudad. A un lado del parque se alzaba el Štefánikův most, el puente Stefanik, que une Praga 1 con Praga 7, en la otra orilla.

El puente desembocaba en un cruce extraño, compartido por peatones, coches y tranvías; un lugar algo angustioso, donde los minutos parecían estirarse bajo la sombra de un túnel oscuro. Al alcanzar la otra acera, un parque se abría ante mí, extendido sobre una alta colina. Caminos de asfalto la rodeaban, serpenteando entre árboles y senderos que prometían acercarme a mi destino. Era el parque de Letná. Subirlo parecía sencillo, al menos en apariencia. Diez curvas, diez cuestas —la última, empinada y rota por el paso de bicicletas y peatones— me condujeron, jadeante, hasta la parte “verdadera” del parque.



La zona, residencial y animada, respiraba una vida distinta, más cotidiana, más real. Dos museos nacionales y el macizo edificio del Ministerio del Interior, de esa arquitectura socialista tan imponente, me sirvieron de brújula hasta alcanzar Nad Štolou. Giré a la izquierda y apareció Milady Horákové, una avenida ancha, con los raíles del tranvía cruzándola como venas de acero.


Letná, para nosotros es Letná —me dijo un joven al que pregunté por el estadio—. No te dejes engañar por ese nombre nuevo. Normal que la gente se pierda y tenga que ir preguntando…

Gracias a sus palabras lo encontré. Allí estaba: tan azul, tan áspero, hecho de hormigón, ladrillo y hierro; cubierto de carteles, de polvo, de historia. En una esquina, un panel anunciaba el partido de días antes frente al Baník Ostrava. Lo miré y pensé: este me gusta, este tiene algo.


Bajo aquel cartel se escondía la tienda oficial, pequeña, algo desordenada y, para mi sorpresa, abierta a esa hora incierta en que todo parece detenerse. Dentro, entre pósters de Tomáš Rosický y estanterías atiborradas de recuerdos, encontré lo que buscaba: una camiseta de la temporada anterior, a mitad de precio, idéntica a la que había visto por internet. Había de mi talla. Me la probé, la pagué y supe que aquella prenda se uniría a mis tesoros futboleros: un objeto raro, imposible de hallar fuera de Chequia.


Al salir, el cielo comenzaba a nublarse de nuevo. Crucé el parque, bajé el puente y llegué al apartamento justo cuando empezó a llover con furia. Horas después, volábamos de regreso a Madrid tras una semana de viaje. En la maleta, junto a los recuerdos, guardaba tres conquistas: la camiseta del Sparta, la belleza inagotable de Praga y la dura y hermosa subida a la colina de Letná.

Esta entrada fue pensada en un apartamento de la calle Soukenická de Praga y escrita en el aeropuerto Václav Havel el 22 de agosto de 2019. Posteriormente fue revisada y mejorada en octubre de 2025, rememorando viejos recuerdos.

22 de julio de 2019

Suzanne

Ella solo cantaba en la estación los martes y miércoles, cuando tenía la tarde libre en el pub. Salía alrededor de las dos, comía algo rápido en el Mc y entraba en Lancaster Gate. Su lugar favorito era una esquina en la escalera de bajada hacia el andén 2, en dirección Queensway. El ritual de siempre era dejar la funda de la guitarra sobre una manta, que colocaba estratégicamente como cesta para las monedas. Sacaba la guitarra, le ponía la correa y comenzaba a cantar Suzanne, de Leonard Cohen. Su cara era toda oscuridad, no se la veía sonreír, algo así como las calles de Londres al atardecer.

Cada tarde en la estación ella se fijaba en una persona que llegaba alrededor de las ocho, con pinta de ejecutivo. Siempre dejaba un par de libras en la cesta, era algo que no fallaba fuese el día que fuese. Iba en dirección sur y siempre llevaba el Evening Standard en la mano. Tras verle, ella se marchaba a casa, en dirección contraria, hacia Marble Arch, bajándose en Bethnal Green, donde tenía alquilada una fría y húmeda buhardilla que pagaba con su pobre sueldo y con lo que sacaba en la estación.

Hasta que una tarde la habló y ella le miró. Le miró y la habló. Sus miradas y voces se cruzaron. Ella seguía yendo a la estación los martes y los miércoles, después de salir del pub y de comer algo rápido en el Mc. Siempre que yo la escuchaba, el tema de Cohen se quedaba dentro de mi cabeza, acompañándome hasta que salía por Charing Cross y entraba en la tienda de ropa donde trabajaba. Una tarde por la tienda ella apareció con ese hombre con pinta de ejecutivo, y tuve el placer de atenderlos. Ella parecía no saber quién yo era, o quizá no quisiese recordarlo para olvidar su pasado en la esquina a la que iba los martes y miércoles tras salir del pub y comer algo en el Mc. Lo que si recuerdo es una gran sonrisa, provocada seguramente por aquel hombre. Su vida parecía haber cambiado. Ella quiso que él viajase a su lado, que viajase a ciegas, quiso confiar en él y tocar su alma con su mente.

A la tarde siguiente quise pasar por la estación para escucharla cantar de nuevo, pero no la vi. No la vi en la escalera y pensé que todo había salido bien. Quizá ese día simplemente no pudo ir a cantar, pero nunca la volví a ver allí. Quizá ahora su vida era mejor, quizá ahora su cara luciese una gran sonrisa, tan grande y bonita como los versos de Leonard Cohen. Ella era Suzanne.

17 de diciembre de 2014

London 2013... Revisited (Parte 2)

Volveriamos a Hyde Park en unos días, ya con mejor tiempo, al menos no llovió como el primer dia.

Londres se levantó esa mañana de mediados de agosto con alguna que otra nube en el cielo. Nadie hacía presagiar lo que pasaría por la tarde.

Tras desayunar en el hotel y darnos una ducha, partimos hacia el centro de la capital inglesa. El día prometía, vaya que sí. Tras hablarlo, Juan Carlos decidió que iríamos a Piccadilly Circus, y desde ahí, bajar hacia St. James Park y después ir hacia el Palacio de Buckingham.

Cogimos el metro en Edgware Road y en algo menos de cuarto de hora llegamos a la estación de Picadilly Circus.

Impresionante, pensé al ver Piccadilly Circus la primera vez, al salir por la boca del metro. Increíble, seguí diciendo al hacer fotos a la plaza. Increíble. No sé cuantas veces lo dije. Quizá por verlo tantas veces en fotos y pensar "tengo que ir allí", hizo que me cautivara más de lo que me cautivó.


Tras hacer todas las fotos que hicimos y antes de bajar por Regent Street hasta nuestro próximo destino, entramos en la tienda Lillywhites, la mayor y, en mi opinión, la mejor tienda de deportes de Londres, al menos por calidad y precio. Si os gusta el fútbol como al que escribe, preparad dinero y unas buenas piernas para recorrer de punta a punta las 2 plantas llenas de material de fútbol, sobre todo camisetas y balones. En total el edificio tiene 6 plantas. En cualquier rincón vais a encontrar una ganga, os lo aseguro!

Al salir, nos dispusimos al fin a recorrer el último tramo de Regent Street, para empezar a ver la zona verdaderamente “real” de Londres.

Llegamos a Waterloo Place, una pequeña plaza en la que encontramos el Ateneo de Londres, el más importante lugar de reunión de los “caballeros” en épocas más antiguas.

En la plaza también podemos ver la estatua de Robert Falcon Scott, explorador inglés que murió en 1912 durante una expedición en la Antártida.

Tras salir de la plaza, nos encontramos con una gran avenida, llamada “The Mall”. Esta avenida nos llevaría al Horse Guard Parade. Es una explanada muy grande, en la cual, como su propio nombre indica, actualmente se hacen espectáculos con caballos. 

Tras ver uno de estas exhibiciones, a la espalda nos quedó uno de los muchos monumentos a los caídos en las dos guerras mundiales. Tras ver el monumento, procedimos a entrar a St. James Park (no confundir con el también majestuoso estadio del Newcastle United).

Al entrar en el parque nos quedamos sorprendidos por la grandiosidad que tiene. Este parque tiene un lago, y patos, muchos patos. El parque, como digo, es muy grande. La punta contraria por la que entramos desemboca en el Palacio de Buckingham.

Bien, ya estábamos ahí, en ese monumental edificio. Junto con el edificio, podemos ver el monumento
a la Reina Victoria, muy bonito y grandioso, al igual que el palacio. 

El Palacio de Buckingham es el palacio por antonomasia en Reino Unido.  Es el lugar donde dicen que vive la reina de Inglaterra, aunque nosotros no la vimos. Lo que si vimos fue uno de los soldados de la guardia real, los cuales no se pueden mover. Algo tan característico de Londres no podía fallar. Al salir de ver el palacio nos metimos por Constitution Hill, por la que íbamos a ver otro de los importantes monumentos (si hablamos de historia) en Londres. Constitution Hill es una calle muy oscura, por todos los árboles que tiene. En la siguiente foto podéis verlo.

Al salir de Constitution Hill, llegamos al monumento dedicado a la victoria de Inglaterra sobre Francia en la etapa de Napoleón. Se trata del Wellington Arch. Es simplemente impresionante. En dicha plaza, también podemos encontrar una estatua de Sir Arthur Wellesley, duque de Wellington, a caballo.

Al acabar de ver el arco y la estatua, nos dirigimos a Victoria Street, una calle muy cosmopolita dentro del centro de Londres. En ella puedes encontrarte un edificio del siglo XVII junto a uno recién construido. Así de raro es Londres. Aprovechamos también para hablar con nuestras familias y amigos, ya que encontramos WiFi en una cafetería.

Al final de esta calle nos esperaba nuestro destino final en esa mañana con tanta visita, llegábamos al barrio más visitado de Londres. Si os hablo del London Eye, del Big Ben y del Parlamento…?

Efectivamente, estábamos llegando a Westminster. ¿Y que nos iba a acontecer en este barrio?

Lo primero que nos aconteció fue el hambre, por lo que decidimos buscar un sitio barato y bueno. Encontramos un pub  al viejo estilo british. Y sí, digo al viejo estilo porque lo era. Era viejo, casi rozando lo rancio. Era como meterse en la casa de Los Roper. Aun así, la comida estaba genial. Comimos barato y bien. Juré por lo más sagrado que iba a volver, y sé que pronto lo cumpliré.

Al salir, decidimos bajar la comida viendo de forma rápida la plaza de Westminster. Vimos de lejos el Big Ben y mucho más de lejos el London Eye. 

Decidimos volver un rato al hotel, a reposar la comida y relajarnos un poco, aún quedaba mucho que ver.

Al volver a salir hacia Westminster, vimos por fin todo con más calma. Al salir del metro vimos la iglesia de Santa Margarita, las estatuas de Nelson Mandela y Winston Churchill, la Abadía y el enorme Big Ben. Es mucho más grande de lo que creía, Esa torre del reloj impone. Vimos las casas del Parlamento, el puente de Westminster e hicimos las típicas fotos desde ese puente.

Al otro lado del puente pudimos ver la noria más conocida del mundo: el London Eye. Intentamos subir, pero no pudimos por dos motivos: subir era muy caro, y además se puso a llover como si no hubiera mañana. Tuvimos que darnos prisa, ya que no llevábamos nada para no mojarnos, no preveíamos que fuera a llover. Tuvimos que cruzar a toda velocidad el puente de Hungerford, no sabéis que sensación el cruzar el Támesis así!

Al llegar a la otra orilla, nos encontramos con la enorme estación de Charing Cross. No entramos en la estación, ya lo haríamos días después. Fuera de la estación aprovechamos de nuevo para contactar con España. gracias al WiFi de un quiosco. Fuera de la estación estaba la estación de metro de Embankment, y como no paraba de llover, decidimos volver a nuestra casa en Londres.

Al día siguiente pasaría algo inesperado, algo que no deseo a nadie, sólo por la experiencia que pasamos. Para descubrirlo tendréis que leer el siguiente capítulo!!

6 de noviembre de 2014

London 2013... Revisited (Parte 1)

Hace algo más de un año, tras un largo tiempo intentando convencer a mi amigo Juan Carlos, nos decidimos a volver a mi ciudad europea favorita, la capital de Reino Unido, Londres.

Parece que hubiera sido hace años, pero yo lo recuerdo como si fuera ayer mismo, igual de nítido en mi cabeza. Desde pensarlo, elegir fechas y todo lo demás, se nos sumó un extra: el más grande fan del Fulham en España: Daniel.

Coger un vuelo y un hotel por separado y después cambiar de opinión y cogerlo todo junto, cambiar el dinero y esperar los dos meses y pico hasta que nos fuimos pasó lento, muy lento, y obviamente se me hizo largo, muy largo.

Aunque ya había estado en Inglaterra antes, al llegar me sentí raro, como en otro mundo, no sabría definirlo. Quizá por ser un país del que estoy enamorado desde hace tiempo y que quizá en un futuro me dé algo me hizo sentirme así. Llegar a Heathrow y montarnos en el Underground significaba empezar esta travesía por tierras británicas.

Hora y pico después de coger la linea azul oscuro del Underground desde el aeropuerto, llegamos a nuestro destino: el barrio de Edgware Road, al noroeste de Londres. Nos alojamos en un hotelito de 3 estrellas regentado por una familia de indios (de la India). No era casualidad, este barrio es uno de los más multiculturales dentro de la ya impresionante multiculturalidad de Londres. Era algo normal.
En el hotel nos tocó una habitación en la segunda planta, algo pequeña para 3, con su televisión de pantalla plana y su baño. No nos importó en absoluto.

Recuerdo ese primer día como si hubiese sido ayer, un ayer que se viene a mi cabeza con música de The Cure, de Queen y de los Rolling Stones, y quizá algo de The Beatles, aunque no estuviese esta vez en Liverpool. Quizá por Londres sea por lo que me gusta tanto la música británica.

Recuerdo que esa tarde, después de dejar las maletas, comprarnos unos refrescos (recuerdo que fueron unas ´Mirindas´) y sacamos las tarjetas de transporte de Londres (que aún conservo y que no dudaré en volver a usar cuando regrese). Después nos fuimos a la zona de Paddington, al lado del hospital y de la comisaría de policía. Más tarde, nada mejor que acabar el día en Hyde Park, cruzando de un lado a otro, y ponerse enfrente del imponente Royal Albert Hall. El destino quiso que nos pillase la lluvia al llegar a "nuestro" barrio, pero por suerte no nos mojamos.

Había que volver por Hyde Park, eso pasaría días más tarde, aún nos quedaban 6.

23 de septiembre de 2013

Escritos Revolucionarios, de Ernesto Guevara

Es raro en este blog, pero hoy os voy a descubrir un libro cuyo autor es el guerrillero más importante del siglo XX. Todos le conocéis, es Ernesto Guevara, el "Che".

Os descubro un libro apasionante, el cual se titula "Escritos Revolucionarios", el cual recoge historias y enseñanzas de Guevara en Cuba, en el Congo y en Bolivia, donde la muerte le llegó.

En estas historias y enseñanzas, Guevara explica paso a paso como hacer la revolución. El pueblo debe tomar el mando y derrocar el gobierno establecido. Si la voluntad o voluntades del pueblo no son cumplidas, debe hacerse la revolución para conseguirlo, y siempre de forma pacífica, sólo usando las armas si se llega a determinados extremos.

Os dejo un párrafo del libro, para que comprobeis lo duro en las palabras de Guevara:

"En el primer momento, lo esencial para el guerrillero será no dejarse destruir. Paso a paso, será más fácil para los integrantes de la guerrilla o de las diferentes guerrillas adaptarse al medio de vida y convertir en una acción cotidiana y, como tal, fácil, el huir, despistar a las fuerzas que están lanzadas en su persecución. Logrado este objetivo, tomando posiciones cuya inaccesibilidad impida al enemigo llegar hasta ellos, o consiguiendo fuerzas que disuadan a éste de atacar, debe procederse al debilitamiento gradual del mismo, debilitamiento que se provocará en el primer momento en los lugares más cercanos a los puntos de lucha activa contra la guerrilla, y, posteriormente, se irá profundizando en territorio enemigo, atacando sus comunicaciones, atacando luego, o molestando, las bases de operaciones y las bases centrales, hostigándole en forma total en la medida de las posibilidades de las fuerzas guerrilleras".

Ernesto Guevara,
eterno comandante,
eterno 'Che'.